Miguel Servet (I)

 

El Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, la antigua Facultad de Medicina y Ciencias, es un magnífico edificio construido a fines del siglo XIX en una ciudad que vivía un momento estupendo. Pero hoy no vamos a hablar de arquitectura, ni de aquella Zaragoza de 1900, y ni siquiera del arquitecto, el gran Ricardo Magdalena.

Seguro que os habéis fijado montones de veces en los cuatro personajes que hay a los lados de la puerta, ¿no? Nada más mirarlos está claro que son grandes hombres, ahí sentados en su sillón frailuno, solemnes… dos están representando a la Medicina y dos a las Ciencias, pero hoy no vamos a hablar más que de uno de ellos, probablemente el más importante de todos y desde luego el más famoso.

¡¡¡Miguel Servet!!! ¿Y por qué hablamos hoy de él? Pues porque el 29 de septiembre pasado hubiera cumplido 500 años, y cinco siglos no se cumplen todos los días. Nació en 1511 en Villanueva de Sigena y murió, cuando sólo tenía 42 años, quemado en Ginebra. ¿Qué crimen tan tremendo había cometido como para merecer una muerte así? Pues ninguno, porque fue una buena persona, íntegro como muy pocos… ¿Entonces? Hizo algo que en el siglo XVI no estaba muy bien visto: se dedicó a pensar por su cuenta sin aceptar nada de lo que no estuviera absolutamente convencido, lo dijera quien lo dijera. Sus únicas armas fueron las palabras (“Tristes armas, si no son las palabras“, decía Miguel Hernández), pues no sólo se atrevió a pensar, sino también a escribirlo y publicarlo. Sus enemigos, en cambio, utilizaron la hoguera, la persecución, los engaños y todo lo que estuvo en su mano, así que tuvo que pasar la mitad de su vida huyendo o escondido con nombre falso: Michel de Villeneuve (la verdad, como pseudónimo para esconderse no era muy bueno). Con ese nombre pasaría el hereje más buscado de Europa los últimos doce años de su vida, siendo médico ¡¡¡de un arzobispo francés!!! De día comulgaría, se confesaría, iría a misa… de noche escribía a escondidas y solo el libro más herético de su época.

El autor del grabado imaginó así el momento de la muerte de Servet: solo, sin arrepentirse de sus palabras y negándose a retractarse para salvar la vida. Ah, y quemado con leña verde, para que el sufrimiento fuera más largo.

¿Qué barbaridades tan enormes decía Servet en sus libros como para acabar así? Pues os doy una pista: con veinte años escribió (y publicó firmado con su nombre) un libro titulado “De Trinitatis erroribus“, o sea, “Sobre los errores de la Trinidad“, para que nos entendamos. Y no se conformó con publicarlo, sino que se lo envió al arzobispo de Zaragoza, don Alonso de Aragón, a lo mejor esperando poder discutir amigablemente con él sobre estas cuestiones. Se equivocó, que no estaban los tiempos como para andarse con tonterías. De hecho, a Servet le quemó Calvino porque le cogió antes, porque lo que desde luego no hubieran faltado eran candidatos para encender aquella hoguera, tanto entre los católicos como entre los protestantes.

Al lado de Ginebra (pero ya en Francia) está esta escultura de bronce, la misma que podemos ver cada vez que vamos al hospital Miguel Servet de Zaragoza. La inscripción, en francés, dice: “A Miguel Servet, apóstol de las libres creencias, nacido en Villanueva de Aragón el 20 de septiembre de 1511, quemado simbólicamente en Vienne por la Inquisición Católica el 17 de junio de 1553 y quemado vivo en Ginebra el 27 de octubre de 1553 por instigación de Calvino”

A favor de Calvino hay que decir que hasta el último momento le dio a Servet la ocasión de arrepentirse. A lo mejor por eso decidió quemarlo con leña verde, para que durara más tiempo consciente y que el sufrimiento le impulsara a cambiar de opinión en el último momento. O a lo mejor simplemente lo hizo con saña, para hacerle sufrir más. O con todo eso a la vez. Seguramente nunca lo sabremos, pero a favor de Servet lo que hay que decir es que hasta el último momento exigió su derecho a pensar libremente y a expresarlo, y que aguantó media hora consciente antes de morir. Esos treinta minutos son treinta cañonazos en la conciencia de todos los que han perseguido a otros, muchas veces hasta la muerte, por el simple hecho de pensar de otra manera. Servet es el gran héroe de la libertad de pensamiento y de expresión, un hombre inteligentísimo pero además coherente hasta el último suspiro. ¿Queréis saber más sobre él? Pues os iremos contando su vida por capítulos. Valga como un sencillo homenaje a uno de los personajes más extraordinarios que han nacido en esta tierra.

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Categorías: Los aragoneses | 3 comentarios

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