La Campana de Huesca

Que se oyera por todo el Reino“, tal había de ser la asombrosa campana que fabricara el Rey Monje. Con un sonido que hiciera saber a todos quién era su rey y señor…

Eso cuenta la leyenda, de la que todos hemos oído hablar pero que quizá no conocemos con detalle. Porque los ecos de aquella campana llegaron, en efecto, a todo el viejo Reino de Aragón e incluso mucho más allá, y lo hicieron durante siglos pues se hizo muy famosa; pero hasta nosotros han llegado, quizá, bastante atenuados. Así que vamos a repasar lo que ocurrió.

 

Cuentan que hubo un rey, a comienzos del siglo XII, que no estaba destinado a serlo. Tenía dos hermanos mayores, Pedro y Alfonso, ambos fuertes y guerreros, educados en la disciplina militar y en las tareas de gobierno, de modo que él, Ramiro, el hermano pequeño, fue destinado a ser hombre de iglesia. Bien jovencito ingresó en el monasterio francés de San Ponce de Tomeras, y al cabo de los años pasó a ser abad del de San Pedro el Viejo, en Huesca. Como hijo de rey, le cabía ocupar destinos más altos, y de hecho fue elevado a obispo de Roda-Barbastro. Pero ocupando aquel cargo vino a cruzarse en su destino una responsabilidad con la que nunca había contado.

Monasterio de San Pedro el Viejo, de Huesca

Fue el caso que no solo murió sin descendencia su hermano Pedro, el mayor, sino que también lo hizo Alfonso, el famoso Batallador, cuyo matrimonio con Urraca de Castilla había acabado en guerra y, desde luego, sin hijos. Aquella muerte creó una profunda crisis en el joven reino aragonés y es para contarla despacio; ahora solo diremos que el Batallador dejó a su muerte un testamento inaudito en la historia, pues en él ordenaba que el reino se entregara a las Órdenes Militares del Temple, el Hospital y el Santo Sepulcro, cuyos caballeros tanto le habían ayudado en sus conquistas.

Y aquello no podía ser. Ni siquiera la voluntad del rey podía estar por encima de la ley, y lo ordenado en aquel testamento no lo concebía el Derecho. Para empezar, el reino de Pamplona se desgajó del de Aragón. El rey de Castilla adujo derechos sucesorios y tomó la recién conquistada Zaragoza. Los nobles, que tenían derechos sobre los amplios territorios ganados al Islam, dejaron bien claro que iban a pelear por lo suyo…

Mientras tanto, Ramiro recibía la noticia de que habría de ser él quien hiciera frente a aquella situación y sucediese en el trono a su hermano. Era obligado que dejara los hábitos y tomara las riendas del gobierno; que tomara, también, una esposa y engendrara un heredero. Y que lo hiciera YA.

El peso de la Historia acababa de caer sobre sus hombros y Ramiro lo aceptó. Inexperto y religioso, pero profundamente responsable, actuó como se esperaba de él. Pero no se lo pusieron fácil. Hubo quien, como ocurre siempre, entendió que “a río revuelto, ganancia de pescadores” y decidió aprovechar la crítica situación en la que se encontraba el reino para ganar poder y privilegios. Algunos de los principales nobles aragoneses que inicialmente le habían apoyado se volvieron contra él, seguramente confiando en que una aproximación a los soberanos de Castilla o de Pamplona les resultaría más beneficiosa. La situación se tornó caótica y hasta el propio Ramiro hubo de huir a Besalú en 1135.

Pero regresó rapidamente, dispuesto a retomar el control. ¿Qué debía hacer para lograrlo. Es aquí donde se abre paso la leyenda: según cuenta la Crónica de San Juan de la Peña, escrita en el siglo XIII, Ramiro decidió pedir consejo al abad del monasterio donde había profesado de joven, el de San Ponce de Tomeras, y envió un emisario para que le consultase. El abad, al pronto, no contestó. Ante los expectantes ojos del enviado del rey, fue cortando con parsimonia los tallos más altos de las plantas que adornaban su jardín. Finalmente, dijo: “Ve a tu rey y cuéntale lo que me has visto hacer”.

Capitel del claustro de la antigua abacial de San Ponce de Tomeras

Ramiro entendió el mensaje: si quería recuperar el poder, había de doblegar a sus nobles más destacados, aquellos que le habían vuelto la espalda, demostrando a todos quién era el rey. Y bien, pues si así había de ser… así sería. Convocó a esos nobles al palacio real de Huesca y les hizo pasar. Conforme iban entrando, un verdugo los decapitaba. Las cabezas fueron colocadas en círculo excepto una de ellas, que colgaba en el centro a modo de badajo. Los miembros de las Cortes fueron invitados a contemplar aquella campana macabra que apagó, con su siniestro sonido, cualquier tentativa de rebelión.

…y cortó quince cabecas
que eran las más estimadas
y amostrólas a sus hijos
que a sus padres aguardaban
diciendo haría lo mismo
a cuantos no le acataban.
Así fue temido el monje
con el son de la campana.

La leyenda, lo hemos dicho, se hizo muy famosa. En realidad no era nueva (reproducía un relato clásico, narrado por Herodoto y Aristóteles como originario de Oriente), pero en la España medieval arraigó con fuerza, seguramente porque tenía un poso de verdad: parece cierto, según los historiadores, que Ramiro II el Monje sofocó la rebelión de sus nobles eliminando a los más destacados de entre ellos. Era irresistible, a partir de ahí, “adornar” el suceso con tintes dramáticos, truculentos, otorgándole el aura legendaria que tan bien arraiga entre las gentes.

Había otro factor importante que abonó la difusión de aquel episodio, y es que la leyenda tomó forma, como hemos dicho, en el siglo XIII, una época en la que el poder real en Aragón pugnaba por hacerse fuerte, nuevamente, frente a los nobles levantiscos que le disputaban parcelas de soberanía. Y aquel relato contaba muy bien la moraleja que interesaba difundir: algo así como “Eh, nobles, sabed quién manda aquí, tomad buena nota de lo que nuestros antepasados fueron capaces de hacer“. En la segunda mitad del siglo XIX, con el auge de la pintura de historia y en una época que buscaba afianzar las “glorias patrias del pasado, alcanzó tanta fama como la leyenda el cuadro que José Casado del Alisal pintó sobre el tema de la Campana. Es el que aparece al comienzo de este texto.

Ha sido reproducido hasta la saciedad en libros de todo color, incluso en los textos escolares. Estuvo durante mucho tiempo en el Senado y hoy se conserva en el Ayuntamiento de Huesca, ciudad protagonista de aquella historia tremenda que guarda también el escenario donde, según la tradición, ocurrió todo: la sala baja del Palacio Real, un espacio lleno de resonancias épicas y trágicas, que todavía, en pleno siglo XXI, sigue erizando la piel.

Sala de la campana en el antiguo palacio real (hoy Museo de Huesca)

En parte historia y en parte leyenda, el episodio de la campana es, desde luego, una de las claves de nuestra historia. Si queréis conocer otras aquí os dejo algunas sugerencias de nuestro blog, y si queréis seguirnos podéis entrar en http://www.facebook.com/identidadaragonesa y pinchar en “me gusta”, o en twitter @estatutoaragon

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Categorías: Historia y Arte, Leyendas de Aragón | 3 comentarios

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3 pensamientos en “La Campana de Huesca

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  2. Manlio Paldao

    Yo hace *muchos* años lo escuché en otro verso, muy, muy bueno, solo recuerdo:

    – Paréceme, mi Señor, que el Abad no os apreciaba

    – Entendió el Rey la callada conseja
    ……………………..
    ………………………

    – A sus hijos herederos díjoles que pusiesen las ausentes barbas en remojo

    Y al son de esa campana, fue temido el Rey Monje

    Manlio, desde Argentina

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