La capilla de los Corporales de Daroca

Cuando se tiene un tesoro excepcional, cualquier joyero parece poco para guardarlo. El tesoro que poseía Daroca desde 1239 era nada más y nada menos que el del paño de los Corporales con la huella en sangre de unas formas consagradas, lo que equivalía a la muestra palpable y material, fruto de un hecho milagroso, de la transubstanciación del cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la comunión… ¿Cabía esta maravillosa reliquia en un joyero convencional? Por supuesto que no.

Y, menos,  desde que el papa Urbano IV decidiese decretar, en 1263, que se celebrase una fiesta solemne dedicada a la Eucaristía, el Corpus Christi, en la fecha que correspondiese al jueves siguiente al domingo de Trinidad. El Corpus, uno de los tres jueves del año que, según nuestro refranero, relucen más que el sol, “Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión“.

La fiesta se universalizó a comienzos del siglo siguiente, con los decretos papales de 1311 y 1317. Y en Daroca, donde ya celebraban solemnemente una fiesta para Santo Tomás en honor a sus milagrosos Corporales, resolvieron crear el relicario más excepcional para aquella reliquia. No fue inmediatamente, desde luego. Ya se sabe que las cosas de palacio van despacio, y aquello era una obra de tanta magnitud que tardaría a ponerse en marcha… más de cien años. Primero hubo que dar forma al relato del milagro (en 1340), luego se elevó la iglesia de Santa María, que guardaba los Corporales, a la dignidad de colegiata (en 1377), y finalmente se dio inicio al proyecto de la capilla.

Fue a comienzos del siglo XV. Por entonces, la iglesia de Santa María no era como ahora, tan grande y monumental, sino un sencillo edificio románico con un ábside semicircular en la cabecera y portada a los pies. Hoy se conservan la cabecera y una portada posterior, gótica.

Fue en el interior del ábside (reconvertido en capilla cuando se amplió la iglesia, tiempo después), donde se labró un majestuoso relicario de piedra que ocupaba por completo el espacio más sagrado del edificio, dedicado a dar a la preciada reliquia el realce que merecía. Se trata de una obra tan excepcional que es difícil de describir. Desde luego, no hay nada parecido en Aragón ni aledaños, y es menester acudir a la Borgoña francesa para rastrear sus modelos. Lo que sí puede comprobar cualquiera que se acerque a contemplarla es que es fantástica, bellísima.

La idea era crear un recinto especial reservado a los Corporales, vedado al paso de los fieles pero que permitiera su contemplación. Por tanto, se levantó, cerrando el cascarón del ábside, un retablo a modo de fachada en piedra blanca, cuajada de esculturas y finísima decoración tallada en ella. Es éste:

Delante de ese gran retablo, dejando un espacio intermedio, se levantó otro igual de rico y precioso, o más si cabe, también en piedra blanca y también lleno de escenas sagradas y de una labor de talla que asemeja un brocado. Este segundo retablo no tapa al anterior, sino que actúa como grandioso pórtico de lo sagrado: las esculturas cubren por completo la parte superior, mientras que la inferior se abre a los fieles mediante tres arcos góticos a través de los cuales se ve el retablo del fondo y la reliquia de los Corporales.

Así, pues, son tres elementos principales los que componen el conjunto: el retablo-pórtico con sus tres arcos (que se llama jubé porque ese es el nombre que se le da en Francia), un espacio intermedio y el retablo-relicario del fondo. Del espacio intermedio no hemos dicho nada aún, pero es otra maravilla: se cubre con tres bóvedas nervadas que, asimismo, están cubiertas de pequeñas esculturas en piedra blanca, que representan ángeles músicos alternados con motivos vegetales.

En los muros laterales de este espacio se desarrolló, en un conjunto de dieciséis relieves llenos de gracia e ingenuidad, la historia del milagro de los Corporales. Vemos en ellos a las tropas saliendo de Daroca hacia la conquista de Valencia, a los soldados en plena lucha contra el moro, al sacerdote mostrando el paño milagroso con las formas ensangrentadas, a la mulica que emprendía el camino hacia el lugar que debería guardar aquella reliquia, a la muchedumbre de Daroca admirada al verla caer, finalmente, ante las puertas de la ciudad…

Las figuras del doble retablo que forma la capilla no tienen esta eficacia narrativa, pues para ellas se reservó la elegancia y la solemnidad. Y la delicadeza. Observen, si no, la bellísima Virgen que aparece en el centro del arco principal del retablo-pórtico, dando el pecho a su Hijo con amoroso gesto:

A los lados de la Virgen aparecen varios santos, barbados y venerables. Sobre ellos, un friso nos presenta a los cuatro Evangelistas y la escena de la Anunciación, en escenas enmarcadas por finísimos doseles. Y en el remate, como no puede ser de otra manera, el Calvario flanqueado por dos parejas de ángeles:

Ahora, veamos con detalle las figuras del retablo interior, que es el que contiene la reliquia. En el centro se abre un ostensorio ovalado, donde se alojan los Corporales; pero este elemento es un añadido posterior, del siglo XVIII. Originalmente, constaba de un piso bajo con seis figuras de santos, cubiertos por doseletes, y de otro piso en alto, con la imagen de la Virgen sosteniendo al Niño y dos santas a su lado, de mayor tamaño y delicado gesto, curvando un poco la cadera a imitación de la postura de las esculturas clásicas (lo que se llamaba contrapposto).

¿Y qué decir de los ángeles músicos de las bóvedas? Parecen recalcar que en ese espacio solo había lugar para lo divino, lo celestial, lo angelical, el arte más elevado y emocionante, que es la música.

Hay que imaginar que originalmente todo este bello conjunto no iba pintado. Quedó en blanco, un blanco deslumbrante que daba un tremendo juego a los contrastes de luz y de sombra. Sin embargo, a comienzos del siglo XVI se decidió enriquecerlo con pinturas y dorados; con ello ganó en espectacularidad, sobre todo si nos fijamos en las bóvedas, que acogieron una de las primeras muestras de pintura renacentista conservadas en Aragón.

No se sabe a ciencia cierta quién ni en qué fecha se hizo la capilla. Se deduce que fue entre 1416 y 1450, en el reinado de María de Castilla, consorte de Alfonso V de Aragón, que gobernó durante las largas ausencias italianas de su esposo, pues su escudo campea en lo alto del retablo-pórtico, sostenido por dos ángeles:

Y en cuanto al autor, mucho se ha discutido. Hoy se afirma que el diseño pudo deberse a un maestro de origen flamenco o borgoñón, que estaba en Daroca en 1417, llamado Issambart; y que con él trabajaría un escultor darocense, Juan de la Huerta. Este último acabaría siendo un maestro de gran relevancia en Dijon, donde realizó obras de primerísima categoría en su época, como el sepulcro de Juan Sin Miedo. Hay quien le atribuye también la imagen de la Virgen del Pilar. O sea, uno de los grandes.

Daroca ha sabido conservar, con la fama de los Corporales, esta maravillosa obra gótica, singularísima en España. Porque para guardar una joya, se creó otra.

En resumen, una auténtica joya de nuestro patrimonio. Para conocer otras aquí os dejo algunos enlaces a nuestro blog, y si queréis seguirnos podéis hacerlo entrando en http://www.facebook.com/identidad aragonesa y pinchando en “me gusta”, o en twitter @estatutoaragon.

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Categorías: Historia y Arte, Joyas del Patrimonio | 6 comentarios

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