El vertiginoso éxito universal de Miguel Fleta

Cuando se habla de ópera, y al mencionar los principales nombres que conforman su historia, es inevitable mirar hacia Aragón. En las listas que reconocen a los mejores tenores aparece un oscense, nacido en Albalate de Cinca. Miguel Fleta (1897-1938) se codea con Beniamino Gigli, el gran Caruso, Pertile o Schipa. Está en el mismo nivel que otros compatriotas que han dejado su huella indeleble en el llamado “arte total”, como Alfredo Kraus o Plácido Domingo. Referencia en el género, la historia de Fleta es la de la consecución de un sueño. Con talento y trabajo paso de recolectar fruta al estrellato mundial, en una vida tan intensa como corta.

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Miguel Fleta es uno de los tenores más reconocidos de la historia.

Sus orígenes son humildes. Era el último de los catorce hijos que tuvieron Vicente Burro Gayán y María Fleta Esparraguerri, aunque quedó como el octavo de los vivos. El mismo Miguel calificó a su padre como pequeño industrial. Se le atribuye el oficio de tabernero, como propietario de un café, así como el cargo de tesorero en el ayuntamiento de la localidad. En Albalate de Cinca, el joven Fleta trabajó en el campo, el pastoreo o las obras del Canal de Aragón a Cataluña como picapedrero.

Fue en Albalate de Cinca donde se labraron las primeras inquietudes musicales de Miguel Fleta. Las biografías señalan a su propio padre como el maestro de sus inicios y a la rondalla de jota local y el coro de la iglesia como las primeras formaciones en las que empezó a probarse la voz. De sus primeras notas de solfeo se ocupó un tal Lázaro Uriol, a quien todos los textos sobre el tenor citan pero del que no sabemos nada más.

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Fleta junto a su madre en el balcón de su casa de Albalate de Cinca.

En 1915, con 17 años, Miguel Burro viajó a Zaragoza. Se instaló en Cogullada, en las torres de campo de sus hermanas Inés y Clara, y trabajó como agricultor. Apasionado por la música, pronto mostró en la capital sus dotes como cantador de jota. De alguna manera conoció a Miguel Asso, uno de los joteros más destacados de la época, que maravillado por la voz del oscense lo puso bajo su tutela. En septiembre de 1917, Asso le animó a presentarse al concurso de jota de Villanueva de Gállego y, un mes después, al Certamen Oficial de Jota de Zaragoza. Pero, pese a las muchas virtudes del albalatino, no alcanzó los premios en ninguna de las dos citas.

Quizá fue tras estos reveses cuando Miguel decidió que lo suyo no era la jota. O simplemente quería mucho más de lo que podía reservarle el éxito en Zaragoza. Por eso se trasladó a Barcelona en noviembre de 1917. Allí se instaló en casa de otro hermano, Vicente, al que se le atribuye el empujón que necesitaba para decidirse a pulir una voz calificada como poderosa y dulce a la par.

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El jotero Miguel Asso descubrió la voz de Fleta en Zaragoza.

En 1918 consiguió una carta de recomendación para ingresar en el afamado Conservatorio del Liceo. Cuentan que el maestro Lamote de Grignon, por entonces director del instituto musical, atendió al oscense con inicial indiferencia. En el rellano de la escalera cantó una jota aragonesa como prueba. Y, al parecer, todos los que estaban por allí quedaron maravillados al oír aquellas notas. A falta de plazas en la sección de canto masculino, impresionada por las cualidades vocales del aragonés, la profesora francesa Luisa Pierrick pidió permiso al director para educarle junto a las féminas.

Y Pierrick acertó de lleno. Se encontró con un joven deseoso de aprender, que perfeccionó rápidamente sus facultades innatas. Con la guía constante de su profesora y mentora, Miguel completó su formación de tenor en dos años, cuando habitualmente era una carrera de cinco. Pero, además, la francesa y el aprendiz comenzaron una vida juntos como amantes.

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La soprano Luisa Pierrick fue mentora, amante y madre de los dos primeros hijos de Fleta.

Con el empuje y la ayuda fundamental de Pierrick, que aún casada quedó embarazada de su pupilo, la aventura profesional del aragonés se inició en la cuna de la ópera: Italia. Tras un breve paso por Milán para completar su educación, debutó en el Teatro “Giuseppe Verdi” de Trieste, en diciembre de 1919. Su triunfal interpretación de Paolo el Bello en la obra “Francesca da Rimini” le abrió las puertas de los grandes teatros. Cambió el orden de sus apellidos y se presentó al mundo como Miguel Fleta.

En los meses siguientes interpretó las más famosas óperas en los más destacados escenarios. “Aída”, “Tosca”, “Rigoletto” o “Carmen” en los teatros de Roma, Viena, Budapest o Praga. En su debut en el Teatro Real de Madrid, en 1922 e interpretando a Don José en la ópera “Carmen”, los aficionados dijeron que “desde los tiempos de Gayarre no se había oído a un tenor tan completo”. Dos años después de acabar sus estudios, Fleta ya ganaba nueve mil pesetas por función.

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Miguel Fleta interpretó a los grandes personajes de las mejores óperas.

Con apenas 25 años dio el salto a América. En Argentina, Brasil, Cuba o EE.UU., sumó más triunfos que cimentaron su vertiginosa carrera. Cuando en 1925 cantó el “Ave María” de Schubert en la Basílica del Pilar, en su primera visita como tenor a Zaragoza, Miguel Fleta estaba en la cima de su carrera. En su tierra natal fue recibido entonces como una gran estrella universal. De sus portentosas interpretaciones dejó testimonio en una importante colección fonográfica. Se conservan más de 80 títulos que incluyen arias de ópera, romanzas de zarzuela e incluso jotas.

Pero el éxito profesional no se correspondió con la situación de su esfera personal. Incluso antes de que naciera su segundo hijo, en aquel 1925 y con el padrinazgo del rey Alfonso XIII, la relación del tenor con su mentora y amante se había enfriado. Cada vez se veían menos, con Luisa asentada en su Francia natal. En 1926 se confirmó la separación y la carrera de Fleta ya notaba la falta de los cuidados, la autoridad  y la disciplina de quien había calificado como su “ángel de la guarda”.

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Imagen de la boda de Miguel Fleta con su segunda pareja, Carmen Mirat. Tuvieron 4 hijos.

Entregado a los interesados y halagadores, dejándose llevar por las ventajas más mundanas de la fama, la voz del tenor se estaba resintiendo. Ya había sufrido varios problemas, pero en 1927 una faringitis le obligó a cancelar el sustancioso contrato con la Metropolitan Ópera House de Nueva York. Supuso el principio del fin de la carrera del tenor, que a su vuelta de América contrajo matrimonio con una joven de distinguida familia llamada Carmen Mirat.

Durante los años siguientes la voz de Fleta se rompió. Cuentan que fallaba en los alientos, el timbre era opaco y las caídas de tono frecuentes. Comenzaron los apuros económicos y, haciendo uso de lo que quedaba de su fama, el tenor se refugió en la zarzuela. También protagonizó una película, “Miguelón”, y apareció en dos documentales.

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Miguel Fleta en la película “Miguelón”.

En los últimos años de su vida, en la convulsa época de la Segunda República, pasó de ser ferviente republicano a afiliarse a la Falange. Desocupado teatralmente, dedicó su tiempo a la causa nacionalsindicalista. El estallido de la guerra le obligó a salir de Madrid, donde acababa de ser nombrado profesor de canto del Conservatorio Superior, y se trasladó a La Coruña. Allí falleció de forma repentina en 1938, cansado y envejecido, tras sufrir un ataque de uremia. Tenía sólo 41 años. Un final trágico y prematuro para una vida rápida e intensa, suficiente para crear una leyenda aragonesa.

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El tenor está enterrado en el cementerio de Torrero de Zaragoza.

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