Las mascarutas de Épila

Los motivos y los objetivos del Carnaval son siempre los mismos. Es una fiesta centenaria que algunos investigadores identifican con antiquísimos ritos paganos. Pero, con el paso del tiempo y la consecuente evolución, cambian las prácticas al mismo tiempo que lo hacen los valores o la condición socioeconómica. Las características de las mascarutas de Épila nos conducen al pasado, cuando la práctica de los ritos más arraigados se adaptaba a una concreta posición social con recursos limitados, que obligaba al desarrollo de la imaginación.

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Acto de presentación del Carnaval de Épila en Zaragoza. Fuente: www.epila.es

El Carnaval supone una oportunidad para saltarse lo establecido, un período de tiempo consagrado a la diversión en el que se permiten ciertas licencias de comportamiento “mal vistas” en la rutina social. Al menos así era cuando se empezó a celebrar, en el tiempo en el que la sociedad estaba impregnada de los más rigoristas valores de las Iglesias cristianas.

De hecho, la ubicación temporal del Carnaval tiene mucho que ver con las más arraigadas costumbres religiosas. El día más destacado de las celebraciones, el llamado “Martes de Carnaval”, es víspera del Miércoles de Ceniza. La Cuaresma marcaba un periodo de contrición y abstinencia en el que, según la tradición, quedaban prohibidas ciertas formas de actuar.

Aunque la sociedad ha cambiado y las directrices de la Iglesia respecto a la Cuaresma ya no cuentan con el mismo respaldo que hace unas décadas, el Carnaval en Aragón sigue celebrándose con fuerza. La gran mayoría de las localidades cuentan con sus programaciones festivas por esas fechas, en las que el disfraz es el elemento sustancial. Convertirse en otra persona o cosa, ocultar la identidad, rompe las reglas y ofrece mayor permisividad. Entonces, ¿qué es lo que convierte al Carnaval de Épila en uno de los más relevantes de todos los que se celebran en la Comunidad aragonesa?

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Imagen panorámica de Épila. Fuente: www.epila.es

Posiblemente la razón está en que el Carnaval de Épila mantiene parte de las prácticas que formaban parte de estas celebraciones décadas atrás, cuando conservaban todo su sentido y hacían verdadero honor al significado. Esa singularidad tiene nombre y forma. Se conoce como “mascarutas” y revela una tradición de la que se dice supera los 200 años de historia. Ni siquiera las imposiciones franquistas, que prohibieron la sátira carnavalesca, lograron evitar que estas figuras aparecieran en las calles de Épila justo antes de la Cuaresma.

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Una de las típicas mascarutas de Épila. Fuente: www.epila.es

Las mascarutas no solo son un elemento definitorio en la actualidad. También actúan como un vestigio de cómo disfrutaban de la fiesta carnavalesca los epilenses y, quizá, el resto de los aragoneses del pasado. Son disfraces, sí, pero su relevancia no está en el propio atavío, sino en el objetivo. En las fiestas de Carnaval de hoy en día el traje busca la sorpresa o la admiración. Se ha convertido en una forma de destacar, incluso sometiéndose a concurso. Las mascarutas de Épila son todo lo contrario. Los elementos que configuran el disfraz no destacan ni pretenden formar un conjunto especialmente atractivo, solo buscan el objetivo del anonimato y de la diversión inherente a la celebración.

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Las mascarutas de Épila deben ocultar su identidad real. Fuente: www.epila.es

La característica principal de las mascarutas es llevar la cara tapada. Es objetivo primordial que nadie les reconozca y, por eso, también cambian la voz. Señalan los de Épila que en el pasado, al terminar de trabajar, entraban en casa y cogían de los baúles lo primero que tenían. Se ataviaban con un mantel, una colcha o el traje del marido o la mujer y, finalmente, tapaban su cara con un “taleguillo”. Esto es una simple tela sobre la cabeza a la que se le hacen aberturas en los ojos. Luego salían a divertirse con una misión: que nadie supiera quien se escondía detrás del disfraz y disfrutar metiéndose de forma sana con todo el mundo.

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Una simple tela con agujeros oculta la cara del disfrazado. Fuente: www.epila.es

Como ha quedado escrito en los párrafos anteriores, la de las mascarutas es una forma de vivir el Carnaval que no sólo se asemeja más a las razones históricas de la celebración sino que, además, dice mucho del entorno social y económico en el que se vivía antes. Sin elaborados disfraces que comprar en las tiendas o con las más justas capacidades monetarias, ésta era la forma más fácil de crear e integrarse en la fiesta.

Las mascarutas no salen siempre solas. Es habitual verlas en grupos, preparando las también tradicionales murgas. Se trata de coplas que entonan delante de la gente y que pretenden satirizar la vida local, tanto en su faceta pública como en los aspectos más privados. Es un género muy habitual en otras zonas de España, pero un caso único en Aragón. Aunque en el pasado las murgas se cantaban en las calles y los bares, las cuadrillas se presentan ahora sobre el escenario del salón municipal, ante todos los vecinos.

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Un grupo de mascarutas entonando una de las típicas murgas. Fuente: www.epila.es

Es verdad que el carnaval de Épila, que se desarrolla a lo largo de una semana con diferentes actos, también ha evolucionado. Las mascarutas ya no son la única forma de participar. Los disfraces modernos, los colores chillones, las referencias a la actualidad se han colado inevitablemente entre lo más tradicional. Tanto que en algunos actos es difícil distinguir a las mascarutas entre todos los ropajes espectaculares.

Por eso se organizan actos especialmente dirigidos a la aparición de los disfraces más típicos. El jueves lardero, primer día de las celebraciones, está dedicado a los más jóvenes con un desfile de “mascaruticas”. Por las mañanas del fin de semana y hasta el martes de carnaval se programa la salida de las mascarutas, que desayunan en las casas o bares donde les invitan o participan de picoteos multitudinarios con la animación de la charanga.

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Las mascarutas se divierten por las calles de Épila en las mañanas del Carnaval. Fuente: www.epila.es

A las mascarutas se une otro personaje tradicional que suele contemplar los días de carnaval desde el balcón del Ayuntamiento. Se trata de Don Zaputero, un muñeco de paja ataviado con un traje típico que, además, tiene el honor de cerrar las celebraciones. El domingo de piñata, ya en fechas de Cuaresma, Don Zaputero arde para poner punto y final a un Carnaval transgresor que ha adquirido importancia en Aragón como guardián de las esencias.

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Categorías: Fiestas y sabores | Deja un comentario

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