José Oto, el más grande de los joteros

En abril de 1961, más de cien mil personas llenaron las calles y plazas del centro de Zaragoza, en una marea humana pocas veces repetida. Querían estar presentes en el último adiós a uno de sus ídolos, referente de la ciudad y símbolo aragonés. La vida se había quedado corta para José Oto, fallecido a los 55 años, y la tristeza lo inundaba todo. Ya entonces le consideraron “el mejor cantador de jota de la historia”, recordando su “voz clara, potente y afinada”. Pero sobre todo destacaban su carisma. Decían de él que era una “figura paternal” que “irradiaba cariño espontáneamente.

Aspecto de la Plaza de España durante el entierro de José Oto. Fuente: http://www.rafaelcastillejo.com

Hay cierto componente trágico alrededor de este personaje, que consiguió imprimir su nombre con letras de oro en la historia de la jota aragonesa. Es uno de los grandes mitos junto al Royo del Rabal, Juanito Pardo, Cecilio Navarro, Jesús Gracia o José Iranzo. José Oto unió su perfección vocal y regularidad a la auténtica pasión. Posiblemente es el mejor ejemplo de lo que significa la tradición, la manifestación de la jota que sale de las entrañas y se canta como puro sentimiento.

Nació en pleno casco antiguo de la capital aragonesa, en la calle Casta Álvarez del muy jotero barrio de San Pablo. Se inició en el mundo del folclore tañendo la bandurria, bajo la dirección y el aprendizaje de solfeo del maestro Calabia. No se le conoce profesor de canto, aunque muchos apuntan a su padre, natural de Tardienta y enchiquerador en la Plaza de Toros zaragozana. El estudioso de la jota Demetrio Galán Bergua señaló que “cantaba con buen estilo y excelente voz”, por lo que no es descabellado pensar que fue quien inculcó a su hijo tanto la afición como las bases del canto.

Imagen de José Oto en su juventud.

El profesor y cantador Miguel Asso, siempre a la búsqueda de talentos, ya conoció al joven Oto cantando y lo incorporó a su cuadro jotero. Hizo su presentación ante el público en la Plaza de Toros, junto a la gran Jacinta Bartolomé. Con tan solo 21 años ganó el certamen de jota más importante, el Oficial de Zaragoza. Nunca más se volvería a presentar, convencido de que había que dar oportunidades a todos los demás.

En 1929, integrado en la rondalla del maestro Orós, tuvo la oportunidad de cantar ante Alfonso XIII en la Exposición Universal de Barcelona. Fue el primero de muchos admiradores famosos. Ese mismo año cantó la ópera “La Dolores” en el Liceo, ganándose el apelativo de “el Caruso de la jota” en la Ciudad Condal. Realizó giras por todo el territorio español, además de por Francia y Alemania. Su potente y enardecedora voz impresionaba allá donde iba. Cantaba magistralmente los estilos zaragozanos, convirtiendo a la “fiera antigua” en la creación máxima de su jota sin imperfecciones.

Nadie le tema a la fiera

que la fiera ya murió;

al revolver una esquina.

un valiente la mató.

Una imagen promocional del cantador.

La popularidad de José Oto fue grandísima entre 1930 y 1960. Cuentan que cada vez que acudía a un acto social era inmediatamente rodeado por gente que quería hablar con él, abrazarle o llevarse un recuerdo. Decían que “parecía un torero cuando entraba al ruedo” y que tenía sonrisas y palabras buenas para todos. Esa fama nunca se le subió a la cabeza y se mostró siempre con la misma modestia.

No solamente tenía la voz y la potencia adecuada, se sentía enormemente identificado con la jota y los que le disfrutaron afirman que “le salía del corazón”.  La tesitura de su voz le permitió también dominar las coplas de baile y realizar impresionantes interpretaciones en las rondas. Fue la estrella de los cuadros de Isabel Zapata, Mariano Cebollero o Pepe Esteso, y compartió escenarios con otras grandes joteras de la época como Camila Gracia, Gregoria Ciprés o Felisa Galé, que acabaría siendo su novia.

Anuncio de una de las actuaciones de José Oto con la compañía de Isabel Zapata.

La de Galé y Oto fue una historia de amor que ilusionó a todos los aragoneses. Una relación pública y liberal entre dos de los joteros más famosos y simpáticos. Nunca llegaron a casarse o formalizar ese amor, quizá por unas comunes creencias republicanas que demostraron activamente durante aquella época. Eran la imagen de la alegría allá donde iban, atendiendo con la mejor disposición y cantando cualquier copla de jota. Sus dúos destilaban complicidad y, aunque les tentaban para proyectos de otra índole, ambos decían ser felices con la jota y en Zaragoza.

José Oto y Felisa Galé formaban una pareja jotera muy querida.

Por desgracia, Felisa enfermó gravemente en 1946, muriendo dos años después. Fue un duro golpe para José Oto, del que ya nunca se recuperó. El jotero perfecto, el que nunca fallaba una nota, casi no podía interpretar sobre los escenarios. La emoción que le provocaba la ausencia y el apoyo incondicional de sus seguidores, le tenían en un continuo llanto.

Cuentan que, en sus últimos años, Oto “sucumbió al dolor y al alcohol”. Lo recuerdan yendo de bar en bar por el Tubo. Los propios taberneros y los clientes le animaban a beber a cambio de alguna actuación. Seguía atendiendo a todos con cariño, demostrando una pasión por la jota que le hacía atreverse con los estilos más difíciles. Pero, al mismo tiempo, el famoso Oto vivía paupérrimamente en una pensión. Allí fue donde le encontraron sus amigos en muy mal estado, agonizando por una cirrosis hepática.

José Oto sobre el escenario durante una actuación.

Su muerte produjo una enorme manifestación de dolor. Durante su entierro, sonaron algunas de sus interpretaciones más conocidas. Una era “Las flores de Zaragoza”, estilo melismático en el que mostraba el amor que sentía por la ciudad en la que nació y de la que siempre ejerció como embajador.

Que riegan con el canal,

las flores de Zaragoza,

que cogen con el rocío

para adornar el Pilar.

 

Al llegar la comitiva a las puertas de la Agrupación Artística Aragonesa, en el Paseo de la Independencia, cayeron de sus balcones miles de flores y de pétalos que cubrieron el féretro. Los socios se ocuparon de pagar el entierro y la lápida, convertida durante mucho tiempo lugar de devoción y curiosidad en el Cementerio de Torrero. Decorada con una corona de mármol, solo consta el nombre y el primer apellido. No hacía falta poner más porque era una celebridad sobradamente conocida. En la foto, en color, se muestra vestido de jotero. Cerca quedaba el nicho de su amada Felisa Galé, también con un solo apellido y con una fotografía vestida de jotera. Allí se depositó una de las coronas que acompañaron al féretro de Oto.

Lápida sobre la tumba del cantador en el Cementerio de Torrero.

 Afortunadamente, hoy nos es posible escuchar la voz de José Oto y comprender las razones de su éxito. Su producción discográfica fue amplia. La antología de las cien mejores grabaciones de jota incluye 17 interpretaciones suyas. También quedaron para siempre algunos de los dúos con su queridísima Felisa Galé. El llamado “Ruiseñor del Ebro” fue un gran artista, uno de los mejores que ha dado esta tierra, pero los que le conocieron le recuerdan sobre todo como un “hombre bueno”.

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Categorías: Los aragoneses | Deja un comentario

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