El Encierro del alcalde de Épila

Cuando se acerca la Semana Santa, los aragoneses comienzan a preparar sus rituales. Tambores y bombos suenan en parques o polígonos industriales. En las iglesias o en almacenes, las cofradías limpian con mimo sus imágenes y acondicionan las peanas. Y en los domicilios particulares, salen del armario las túnicas y capirotes.

Llega también el momento de volver a levantar los tradicionales monumentos frente a la capilla del Santísimo. Suelen ser construcciones en forma de escalera, que permiten al sacerdote llegar hasta un sagrario o tabernáculo que guardará el “Cuerpo de Cristo”. Suponen una costumbre secular, muy extendida por toda la Comunidad Autónoma. Y se trata, precisamente, de uno de los elementos principales en la tradición del encierro del alcalde en la localidad zaragozana de Épila.

Iglesia Santa María la Mayor de Épila, donde tiene lugar parte del ritual del Encierro del Alcalde.

¿Qué significa encerrar al alcalde? ¿Cumple un castigo? ¿Acaba con sus huesos en una mazmorra o en las dependencias del cuartel de la Guardia Civil? No, no es nada de esto. Lejos de lo que pueda parecer, el encierro supone para el alcalde toda una dignidad unida a su cargo. Es una condición establecida hace siglos y, dicen en el municipio, única en toda España.

El encierro del alcalde proviene de una prerrogativa otorgada por la institución de la Iglesia en 1633. Cuentan que, por entonces, llegó hasta Épila un visitador de la Diócesis de Zaragoza, el “Doctor Joseph Alegre, Tesorero y Dignidad de la Santa Iglesia Metropolitana”. Y quedó tan satisfecho por el estado de conservación, el cuidado y el buen uso que hacían los epilenses de las propiedades eclesiásticas, que decidió otorgar al máximo representante del poder civil un privilegio único.

Vista panorámica de Épila, localidad zaragozana con un privilegio único.

Por aquel tiempo, todavía no existían las figuras de los alcaldes y concejales. El poder municipal lo ostentaba el Justicia o juez, máxima autoridad y cabeza del concejo. En realidad, lo que hizo el representante de la Iglesia fue otorgar a los ciudadanos, en la figura de su representante, una de las más altas misiones que podía recaer sobre los sacerdotes. Ejemplificaba un acto de confianza máxima, de unión entre lo divino y lo humano.

La dignidad

Pero, ¿en qué consiste exactamente esa dignidad que ha llegado hasta nuestros días en la figura del actual alcalde? Se enmarca en una de las fiestas más importantes para la fe cristiana, el Jueves Santo. Está relacionada con una de las más antiguas tradiciones católicas, según la cuál, en la misa del Jueves Santo, el celebrante consagra el doble de hostias. Unas se consumen en ese momento, pero las otras, como el ritual católico señala que durante el Viernes Santo no se puede consagrar porque no se celebra misa, se llevan en procesión solemne y se reservan en el sagrario del monumento hasta el día siguiente.

Monumento con el Sagrario que se construye en Épila durante Semana Santa. Fuente: http://www.epila.es

Se entiende que esas hostias, una vez consagradas, son el Cuerpo del Señor. Por lo tanto es obligatorio tratarlas con especial respeto y adoración. De hecho, la ceremonia de depositar el Cuerpo del Señor con la solemnidad que ahora se practica, bajo palio, sirve para que los fieles consideren las angustias y trabajos que padeció Cristo del Jueves al Viernes Santo.

Por el privilegio otorgado siglos atrás, en Épila, una vez que las hostias están a buen recaudo en el interior del sagrario, el sacerdote oficiante pone la llave que lo cierra en manos del alcalde. Más exactamente se la cuelga al cuello, mientras el primer edil está postrado de rodillas. A su alrededor, los concejales y otras autoridades de la localidad son testigos, vela en mano, de la cesión de esa responsabilidad: queda en manos del poder civil la custodia de lo sagrado.

El alcalde recibe de manos del párroco la llave que abre el sagrario.

Como rezan los archivos, ese privilegio de 1633 daba exactamente “licencia al Vicario para que el Jueves Santo pueda entregar la llave del Arca adonde pone al Santísimo Sacramento al Justicia de la Villa”.

El encierro

Es a partir de aquí cuando comienza la parte que da título a la tradición: el encierro del alcalde. Porque, ¿cuál es la mejor manera de rendir el respeto debido a la llave que queda en poder del máximo representante del pueblo? ¿O cómo evitar con seguridad que se pierda o sea robada? En algún momento desde la cesión de aquel privilegio se decidió que el alcalde debía pasar la noche a buen recaudo, protegido tras los muros de su domicilio.

El alcalde, con la llave al cuello, se acompaña hasta su casa por una comitiva. Imagen cedida por Ismael Bazán.

En cuanto concluye el oficio religioso, conocido como “Cena del Señor”, el alcalde sale del templo acompañado en comitiva por otras autoridades civiles y religiosas.

Se dirige a su domicilio recorriendo las calles de forma simbólica, con la llave del sagrario colgándole del pecho. Una vez allí, ofrece a los que le han acompañado un vino acompañado de todo tipo de viandas antes de cerrar las puertas para cumplir con el encierro.

La misma comitiva que ha acompañado al alcalde hasta su casa la tarde del Jueves Santo, volverá durante la mañana del Viernes Santo para sacarle de su encierro. Emprenderán de nuevo el camino hacia la iglesia Santa María la Mayor, aunque recorriendo previamente las otras dos iglesias de la localidad. En el Templo principal, al final del camino y antes del comienzo de los actos religiosos, devolverá las llaves del sagrario al párroco.

Captura de vídeo en la que se ve en detalle la llave del Sagrario colgada al cuello del Alcalde. Fuente: Parroquia de Épila

Otras tradiciones

La del Encierro del Alcalde no es la única tradición original de la Villa de Épila. Con las llaves del Sagrario de nuevo en manos del poder eclesiástico, se produce la Adoración al Santísimo en los Monumentos por las Marías. Estos personajes suponen otra de las peculiaridades de la Semana Santa. Visten mantos negros bordados en oro, como la Virgen Dolorosa, y mantienen un ritual invariable que incluye genuflexiones y el simbólico embalsamamiento del cuerpo de Cristo.

Además, en Épila también destaca la figura del Ángel que acompaña con paso solemne a los alabarderos en los desfiles. Vestido de blanco y azul celeste, lleva en una bandeja los sellos y el martillo con los que el capitán de los alabarderos cierra simbólicamente el féretro de Cristo.

El Ángel que acompaña a los alabarderos es otra de las tradiciones de Épila. Fuente: http://www.epila.es

De este modo, con sus peculiaridades, la de Épila se revela como una de las más interesantes manifestaciones de la Semana Santa en Aragón, en la que el Encierro del Alcalde destaca como celebración única en toda la geografía española.

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Categorías: Fiestas y sabores | Deja un comentario

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